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Amigo, quién es amigo…
Amigo.

Amigo es Ramón, el correntino, que por esas cosas de la vida hoy no lo tengo cerca, o no, pero que fue el que me inició en la lectura de El Tony, Dartagnan, Intervalo, y en alguna que otra Skorpio, y en la exquisita Mad; el electricista que decía destornillador con “elle”; el que vivía en la pieza de adelante en la pensión en donde vivíamos con mi vieja.
El que armó el primer tocadiscos que tuve.
El que hizo posible que yo pudiera andar en bicicleta por la calle por primera vez, aunque fuera únicamente de esquina a esquina, sin dar la vuelta a la manzana y ante la mirada vigilante de mi vieja en la puerta de calle.
El que sacó las fotos de mi primera comunión.
El que gustaba de las empanadas, el vino tinto, y creo que del blanco también.
El que siempre reía.

Pasaron algunos años, y nos fuimos de la pensión a vivir a otro lado; y con el tiempo mi vieja formó pareja con Juan, quien hoy es su marido.
Hacía ya algunos años que no lo veíamos a Ramón.
Un día mi vieja y Juan caminaban por la calle hablando, cuando ella advierte que Juan se queda parado, de golpe, y abriendo grande los ojos, sorprendido. Y que casi al momento, empieza a los gritos de alegría, fundidos en otros gritos de alegría y reencuentro, y en un abrazo postergado por años con otro hombre.
Era Ramón.
Compañeros de veinte, veinticinco años atrás en algún trabajo por El Tigre, o algo así, que se volvían a encontrar.

Ramón, el tipo que yo de pibe y de grande admiré, y que tenía por costumbre no permitir posar para ninguna foto a fuerza de rapidez de reflejos y picardía, logrando retratar situaciones memorables; el que decía que volvía el sábado a arreglarte no sé qué, y por meses no aparecía.
El que arriesgaba la vida, o su integridad física en su trabajo diario, inútil y temerariamente.
El que comía en la única mesa que tenía en su pieza, que a la vez era el banco, el laboratorio y la herramienta necesaria para apoyar sus trabajos, mientras leía en un silencio de estaño, cables y soldadores eléctricos.
Con el tiempo me di cuenta que no sólo leía a Pepe Sánchez: también pude ver algún libro de corte erudito, del cual ni siquiera recuerdo el nombre.

Otra vez pasó un buen tiempo sin que lo viera, y me enteré que se había caído de un colectivo, o algo así, y que estaba internado. Yo tenía diecinueve años.
Por entonces yo no entendía porqué estaba en el hospital que está sobre el Parque Centenario y que respira fría soledad. Por entonces, “oncología” era una palabra sin significado para mí. Era traslúcida, en el sentido de inexistente a la luz…
Me tomé el 65 y lo fui a ver.
El reencuentro fue impactante.
Estaba acostado junto a una ventana en un pabellón del segundo o tercer piso, con la cabeza afeitada, extremadamente flaco, los tendones del cuello tensos, y con una cicatriz enorme que estaba en el lugar donde históricamente limitaban su calvicie y las canas.
Cuando me vió se puso a llorar, y me decía y repetía que el hecho que yo estuviera ahí era un milagro. Yo trataba inútilmente de explicarle que sólo había hecho dos o tres llamados telefónicos, al hermano, a la ex mujer…
Ramón tenía dificultades para hablar con fluidez, se le trababan las palabras en la boca, las sílabas se le confundían.
Su tradicionalmente rico vocabulario se veía reducido a la fuerza, a algunas palabras o monosílabos que yo quería entender de inmediato para no torturarlo más con su propia charla.

Fui a verlo dos o tres veces más, y recuerdo que mientras tanto hablé nuevamente con la ex mujer, y que ella me decía fríamente que nos teníamos que acostumbrar a que Ramón ya era un “enfermo terminal”.
Yo no entendía.
Él me decía que quería terminar con su vida. Que no tenía motivos para seguir viviendo. Qué qué iba a hacer en ese estado, solo y viejo.
En las pocas palabras que podía articular claramente, yo entendía historias de solitarias piezas en solitarias pensiones, veía revistas apiladas a un costado de la mesa, intuía a su hija.
Al principio yo intenté refutar esa idea con los argumentos deshilachados y zonzos de un pibe de diecinueve años sin calle; pero sin quererlo, me fui quedando sin ellos, me fui callando, y finalmente lo escuché y comprendí.
Sólo escuchaba y comprendía.
Nunca había ningún médico en ese lugar. Las enfermeras eran escasas. Cuando pudimos salir a caminar un poco por los pasillos, sólo veíamos otros pacientes en las mismas condiciones que Ramón.
Las únicas palabras que tenía acerca de su estado eran las suyas o las de su ex mujer.
Yo no entendía.
Hasta que una vez fui y me encontré con la cama vacía, deshecha, y con el colchón doblado al medio.
Desesperado busqué a alguien que me dijera qué había pasado.
Respiré: se había ido a la casa.

Alguna vez Ramón formó una familia. Casado, con una hija. Creo que la piba era Down, o al menos había tenido muchas dificultades y había fallecido durante la pubertad. Nunca lo averigüé realmente, pero durante mi infancia flotaba la idea de que la mujer de Ramón había hecho algo indebido durante su embarazo y creo también que él nunca se lo perdonó.

A los pocos días fui a la casa, en la calle 14 de Julio y Elcano. Y ahí nos volvimos a ver por última vez.
El con sus herramientas, cables, revistas, televisores viejos, libros, y ropa desparramados por todos lados. Yo con mí mismo tratando de dispararme hacia todos lados.
No recuerdo mucho de ese último encuentro, sólo que me cebó algunos mates, lo frío del departamento, su incomodidad absoluta por no poder hablar fluidamente, y las ideas que tenía acerca de algunos planes para el futuro.
Me acuerdo sí de su eterna alegría correntina, de cuando me pedía el destornillador con “elle”, de cuando me decía que volvía el martes o el viernes y no aparecía por meses.
De cuando sacaba fotos y te agarraba justo.
De cuando escondió, para en realidad mostrarme, la gloria de la humildad, cuando se hizo el sorprendido ante mi increíble descubrimiento de que los mismos guionistas o dibujantes que hacían “Mi novia y Yo” eran los que hacían “Pepe Sánchez”.

Me acuerdo de Ramón Fúmez. Mi Amigo.

 

Y cómo es, o cómo era mi bar…?
Retomo lo que decía hace… un año, seis meses, tres años, diez días, un milenio? En fin… en otra existencia.“Todos hemos pasado
por la puerta del bar
donde para la vida…”

Y resutla que el otro bar, el de la traición, el de la baraja amarga, el del engaño también está en mi barrio ideal.
También está en mi calle, en mi barrio, en el maldito/bendito camino de todos los días, y yo no lo sabía… O mejor dicho, siempre lo supe, pero fue siempre tan evidente que nunca tuve necesidad de pensarlo, de tantearlo mentalmente: siempre estuvo allí.
Y lo particularmente bello de todo es que los dos bares, el ideal y el indigno, son uno solo.
Uno único indiviso unívoca unidad, el Iluminado y el Maldito, el Ying y el Yang, y el péndulo oscila impunemente entre la luz y las tinieblas. Sol y oscuridad.
El mismo bar de puertas vaivén, madera putamente celeste rancia con la chapita de aluminio a la altura de la talla general del porteño medio y de sus manos, crujientes sillas marrones, mesas más oscuras y más ruidosas, corpulentas ventanas, eternos ventiladores de techo, mostrador de mármol y aluminio. Exactamente el mismo bar es uno y es otro.
Es el de la mina, por definición extranjera y casi una refugiada en esas tierras, y también es el del trago áspero, agrio.

“La chica que esperaba era infinita,
como el bajo que perdí”

Esperando en vano el matiz del amor en esas sillas, mirando inútilmente por las ventanas el inútil paso de los automóviles con sus estúpidas e inútiles ruedas rodantes y de los peatones tan ambulantes y absortos en sus más inútiles tareas.

Hay un bar en el barrio de Flores, y sin que en esto tengan que ver ángeles grises o morochos sensibles… o sí, qué sé yo… decía que hay un bar por Flores en donde es imposible entrar con una dama, beber o simplemente estar entre sus parroquianos, en general todos acompañados, y salir en las mismas condiciones.
Ese bar existe, y existe pese a todos los cambios que hubo en la cuadra, pese a que cambió de dueños en varias oportunidades, y pese a que cambió su aspecto general y particular en otras tantas.
Reformaron el frente de diversos colores, modificaron su estilo exhibiendo diversidad de gustos o costumbres o ajustándose a las modas, cambiaron metódicamente sus mozos, con los inconvenientes de despidos, indemnizaciones y juicios laborales que todo eso atañe… y sin embargo, su estirpe, su fatal providencia, su triste sino sigue intacto.

“¿Adónde fuimos a buscar
aquél beso?
¿A quién supimos engañar
esa vez?”

- Va a ser mejor que no nos veamos.

¿Qué va a ser mejor?
¿Cómo es posible saberlo, allí sentados, con los vasos, platos, botellas, servilletas y tazas apoyándose, ignorantes todos, en cada una las mesas, y enunciarlo en una frase, así, sin comas, sin respiraciones, sin mirar, sin besos, sin recuerdos, sin presentes y sin futuros?
¿Estás llenando un formulario de aduanas, estás completando los requisitos para abrir una cuenta bancaria, estás mencionando los artículos que están a la venta en un bazar?
¿Y las noches que pasaron filosas, nocturnas, con estrellas, nubes, truenos y rocío, y las tardes que languidecían en nuestros brazos, y las frías mañanas que conteníamos entre besos y sonrisas? ¿Y las madrugadas desdentadas de lunas y embrionarias de soles? ¿Y la risa, la alegría, adónde fueron?

- Va a ser mejor que no nos veamos.

Sí, no me mires así. O acaso no sabemos que va a ser mejor.
¿Cómo no saberlo aquí y ahora,vos y yo, y también ayer vos y yo, si ya no tenemos presente ni futuro? ¿Cómo es posible ignorarlo aquí sentados?
¿No ves el café enfriándose tan decoroso dentro de las tazas, no ves a las medialunas de la mañana secándose mudas bajo las malditas campanas de vidrio, las copas vacías añorando un tintinear ausente?
¿Qué estamos haciendo, completando requisitos para fundar una sociedad de responsabilidad limitada, estamos inventariando artículos para ubicarlos a la venta minorista en un comercio?
Las noches nos pasan romas, chatas, obtusas y secas, como si no fueran nocturnas, se nos van sin estrellas, sin nubes ni truenos o rocío. Las tardes y las mañanas se nos endurecen en nuestros brazos anémicos, y se nos escapan temblorosas entre difusas miradas.
Y las madrugadas, atiborradas de gravámentes y saldadas en cálculos de debes y haberes entre lunas y soles nos exportan, con número de remito y todo a esta monotonía, a esta cruel práctica. Y ¿para qué?, ¿para formar parte de la estadística?, ¿para nombrar, mencionar y cumplir con todas y cada una de las exigencias obligatorias y así ensombrecernos y arruinarnos la vida?

“… sobre tus mesas que nunca preguntan,
lloré una tarde el primer desengaño…”

 

En este bar la traición o la amargura nos toman de la mano y nos llevan limpia y cándidamente por un camino que jamás descubriremos adverso, pobrecitos nosotros que caminamos encendidos de devoción por la vereda del sol, y la maravilla persiste hasta que nos hallamos en pleno precipicio, las manos vacías, los ojos incrédulos, implorante la piel.Y sucede que llorar no sirve de nada, maldecir no sirve de nada y ya matar o morir no sirve de nada, pero de todas formas se llora, se maldice y se mata y se muere por igual.
Ya nada cambiará la letra escrita, el episodio resuelto, el capítulo iniciado, el puñal sangrante.
Cuántas veces hemos advertido el peso de los años, la cadencia de los acontecimientos que nos bambolean hacia los rumbos más impensados en esas mesas.
Allí está el bar, esperándonos.

El bar, la mesa, la silla precisa queridos amigos, ya están marcadas con nuestro nombre y con él nuestro destino, y eso lo saben muy bien.
Nos esperan pacientes y nos observan desde allí todos y cada uno de los días en que pasamos cerca o lejos de sus acres fronteras. Nos aguardan sin apuro y mientras tanto, se distraen con conversaciones de fútbol o política y hasta hacen tiempo ensayando cruelmente con murmullos y besos de algunos amantes imprecisos.
Pero no nos equivoquemos, sólo están esperándonos.

 

Yo tengo dos prototipos del bar ideal…
Uno, el del barrio. El bar de mi barrio: Saavedra.
El café, el feca de la esquina. El que está abierto, salvo los dos o tres días en el año, de lunes a lunes. Es el bar del club de barrio, es el que tiene mesas de billar y en donde se juntan los viejos a jugar al dominó por las tardes. El bar en donde el vendedor ambulante de la sexta edición de Crónica calienta todas las tardes la garganta con una o dos ginebras.
El bar al que nunca entré porque siempre fui muy chico para entrar o muy grande para salir.
Concretamente, y ya entrando en terrenos más profundos y orientados sólo a quien conoce la zona, mi bar de barrio es una mezcla entre “El Sol” y “El Tiburón”, dos prototipos disímiles y complementarios.
Lamentablemente en ese bar, no hay mujeres, no hay mujeres solas.Y es que es un bar netamente machista, en donde la mujer sólo entra con su pareja masculina. Ni por error entra una mujer sola: no pasaría de la puerta.
Para que una mujer entre al bar, su pareja debe ser ineludiblemente un habitual parroquiano. Porque si no lo es, el tipo tampoco entra; buscan otro lugar sin cuestionárselo; ni él ni la mina querrían entrar.
Y lo que es peor, terriblemente peor, cuando en el tácito acuerdo al que llega con su acompañante, un paso antes de abrir una de las dos hojas de rancia madera color celeste de la puerta vaivén, la mujer ya conoce fehacientemente su destino. Y hasta el destino inmediato de todos los que adentro estamos.
La mujer sabe, por propia experiencia y por el ambiente que la recibe, que está allí para ser lucida y admirada. Como una joya, como un inalcanzable premio.
Cuando la pareja entra, cuando la puerta suena delatando con su quejar la entrada de alguien, de alguien más, se percibe entonces la presencia femenina al instante, en el acto.
Ella sabe, su hombre sabe, el mozo sabe, nosotros sabemos, todos sabemos que ella misma es un elemento desestabilizador.
La infinitesimal relación de fuerzas invisibles que actúan entre todos los presentes, el equilibrio que juega a no desmoronarse con cada entrada, con cada salida, con cada grito o risotada, se ve directamente amenazado con su presencia.
El aire es el mismo, pero cambia el aire, los habituales murmullos parecieran ser los mismos, pero no lo son.
Cuando ella entra, nuestras sillas se hunden una millonésima de milímetro en el suelo. Y ese movimiento se siente en el cuerpo, en el ambiente, en el humo, en el trago que agotamos, en la baraja que apuramos indebidamente.
Aparece mugre donde antes no la había, las mesas se vuelven pegajosas, los vasos pierden su traslucidez y en los pisos afloran las aureolas de décadas de pisadas y de desganadas limpiezas.
Ella nos delata con un dedo invisible, con una no-mirada, y en su espantosa naturalidad nos acusa de ser lo que efectivamente somos, y en su desdén hacia el resto del mundo, ignorándonos desde su torre de marfil de la mesa cuatro, nos quita todas las ganas de echar una falta envido mentirosa y ganadora, nos despoja descaradamente de toda dignidad, y nos la echa en nuestras propias narices en una milésima de segundo rubricada con un sutil movimiento de cabello.
Entonces, sólo entonces, nos abandona a nuestra suerte de bracitos estirados.
Cruel.
Desnudos en plena calle.
Y luego de todo eso, ya nada más importa.
Nos iremos retirando pesadamente de a uno o en grupo, en silencio, casi sin saludar, con una misma mirada, con la misma mueca, con el mismo ademán que todos comprenden y nadie cuestiona.
Ya no importarán ni las cuarenta, ni las carambolas, ni el fútbol, ni el siete bravo, ni cuántas fichas quedan, ni la cuenta impaga. Cuando ella nos oscurece con su sombra, ni ella misma importa.
Debemos irnos, escapar, liberarnos de esos pesados eslabones hechos de cañas, puchos y anotaciones inútiles.
Buscaremos refugio en el exterior con una fuerza de pez ahogándose en la atmósfera, buscaremos el anonimato más absoluto e inmediato.
Y una vez en plena calle, la vida será otra.