Hace unas noches, pude comprobar que la estupidez humana no tiene límites. Y que muchas veces, los gags o los sketchs que muestran algunos programas de humor, pueden quedar reducidos a una simple descripción de la realidad.
Volvía de un ensayo, sobre el filo de la medianoche. Oscuridad, frío, mucho frío, y el sonido de mis pasos sobre las baldosas. Cerca de casa, a una cuadra, hay una estación de servicio, y allí, un shop, un drugstore, un negocio que vende bebidas, panchos, cigarrillos, golosinas y hasta ositos de peluche.
Unos meses atrás, quizá un año, se promulgó una disposición en la ciudad que regulaba, y en esa regulación casi prohibía fumar en espacios públicos y cerrados tales como restaurantes, confiterías, bancos, etc. Los drugstores de las estaciones de servicio, entraron en la misma regulación.
El punto es que, en mi caminata hacia mi casa por la vereda de enfrente y mientras voy acercándome a la estación de servicio, intuyo y luego claramente veo al salame del empleado del drugstore, que con más o menos tres grados bajo cero estaba a unos dos metros de la puerta del kiosco, fuera de él y en consecuencia, dentro de la estación de servicio… ¡fumando!
¿Qué clase de animal, se caga de frío a la medianoche y pone en riesgo su vida y la de toda una manzana para fumarse un pucho, y todo por cumplir una puta ordenanza que en esas circunstancias es absolutamente ridícula? ¡Podría haber volado en mil pedazos!
No terminé de pensar esto que el flaco apagó el cigarrillo, tirándolo al piso y pisándolo, casi al mismo tiempo en que yo pasaba exactamente por la vereda de enfrente, y luego entró al calor del kiosco, con la satisfacción de haber cumplido la ley.
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