Agua, agua.
Agua clara.
Sed de verte verter agua.
Líquido amniótico,
vida luz inmortal,
agua lumbre,
agua luz.
Luciérnaga agua lúdica tornasolada.
¿Imagen volátil iluminada?
¿Húmeda de mojada?
¡Jugosa…!
Empapada hasta las nalgas,
la lengua de láudanos empalagada
y salpicada libre de alabanzas.
Kilómetros cúbicos, en miles,
de agua.
Volutas apelotonadas
de agua
burbujas embrujadas
de agua.
Inconmensurables
o diminutas,
violentas cataratas,
caídas abismales
en cascada,
gotitas infinitesimales
de un rocío que nunca acaba.
Y en ese universo
de fluidos interminables,
hacerse a la mar entre las algas.
En los arrabales
agnósticos y ásperos,
malgastar toda nuestra pura sangre,
hecha nada más de agua.
Durante las novelas de las tardes,
regalarle al ambulante
muestras gratis de cristal-lágrimas.
Las turbulentas llanuras
de aborbotonadas aguas
a caballo y en llamas,
atravesarlas.
Hasta el cuello de líquida agua,
y en las inundaciones bíblicas,
dar la cara.
A todas las llovidas llagas
clamorosas y tumefactas,
curarlas, sanarlas.
Y allí,
allí,
entre lóbregos remolinos y borrascas,
una gota lánguida.
El peso exacto de su mirada,
la cadencia única de sus labios
la melodía de sus ojos a la distancia.
Agüita…
Abril de 2004.
Escrito en Poe C.I.A.



