Posteado por: Sin Pelos En Las Manos | Enero 4, 2008

Agua

Agua, agua.
Agua clara.
Sed de verte verter agua.
Líquido amniótico,
vida luz inmortal,
agua lumbre,
agua luz.
Luciérnaga agua lúdica tornasolada.

¿Imagen volátil iluminada?
¿Húmeda de mojada?
¡Jugosa…!
Empapada hasta las nalgas,
la lengua de láudanos empalagada
y salpicada libre de alabanzas.

Kilómetros cúbicos, en miles,
de agua.
Volutas apelotonadas
de agua
burbujas embrujadas
de agua.
Inconmensurables
o diminutas,
violentas cataratas,
caídas abismales
en cascada,
gotitas infinitesimales
de un rocío que nunca acaba.

Y en ese universo
de fluidos interminables,
hacerse a la mar entre las algas.

En los arrabales
agnósticos y ásperos,
malgastar toda nuestra pura sangre,
hecha nada más de agua.

Durante las novelas de las tardes,
regalarle al ambulante
muestras gratis de cristal-lágrimas.

Las turbulentas llanuras
de aborbotonadas aguas
a caballo y en llamas,
atravesarlas.

Hasta el cuello de líquida agua,
y en las inundaciones bíblicas,
dar la cara.

A todas las llovidas llagas
clamorosas y tumefactas,
curarlas, sanarlas.

Y allí,
allí,
entre lóbregos remolinos y borrascas,
una gota lánguida.
El peso exacto de su mirada,
la cadencia única de sus labios
la melodía de sus ojos a la distancia.

Agüita…
 
 

Abril de 2004.

Posteado por: Sin Pelos En Las Manos | Agosto 1, 2007

2 Sueños

¿Adónde el puñal
la sonrisa, el vocablo?
¿Cuándo el huir
escapando de la mano?

Las hojas caen y nada compartimos:
la brisa, las lágrimas,
las miradas y los versos,
el sonido y el color negro
no son nuestros.
Son tuyos o míos
o a lo sumo
mutuamente ajenos.

De golpe y para siempre
y sin ningún antecedente
nada es nuestro solidariamente.

Ni la risa,
ni el parentesco,
ni de julio los atardeceres,
ni los cómplices silencios.
Ni la luz,
ni la suerte,
ni el dolor ante la muerte.

(¿No alcanzan la cruz,
los clavos,
las llagas,
la corona ensangrentada,
la madre llorando desolada?
¿Es que no son suficientes…?)

Nada más hay en este mundo
que tú y yo.
Pero sólo somos dos,
no uno único indivisible infinitamente.

Vendí mi alma,
empeñé mi sangre,
rematé mis sueños,
gasté toda mi fortuna
esperándote inútilmente.

Y desde este arrabal,
desde estos muebles inertes
y estos millones de papeles,
fui con todo mi cuerpo,
con mi ser entero,
con la alegría de verte.

Pero tus besos,
los sorprendidos,
los desesperados,
esos menudos besos,
todos los que tanto anhelo
tan flaquitos y apurados,
capaces de mover
universos enteros,
no estaban
y nunca estuvieron.

¿Acaso aquél cromático sueño
fue quien los ató a mi destierro?
¿Acaso es el eterno recuerdo
que guardo de todos ellos,
y que en cada uno de mis días
y en cada una de mis noches veo?
Las hojas caen
y ya no hay remedio.

Adiós ojos amarillos,
adiós labios bermejos,
adiós cabellos celestes y verdes.
Adiós besos pequeños,
distraídos, rebeldes.
Adiós niños.
Adiós.
Hasta siempre.

20:48
01-08-2007

Posteado por: Sin Pelos En Las Manos | Junio 18, 2007

56

Hace unas noches, pude comprobar que la estupidez humana no tiene límites. Y que muchas veces, los gags o los sketchs que muestran algunos programas de humor, pueden quedar reducidos a una simple descripción de la realidad.

Volvía de un ensayo, sobre el filo de la medianoche. Oscuridad, frío, mucho frío, y el sonido de mis pasos sobre las baldosas. Cerca de casa, a una cuadra, hay una estación de servicio, y allí, un shop, un drugstore, un negocio que vende bebidas, panchos, cigarrillos, golosinas y hasta ositos de peluche.

Unos meses atrás, quizá un año, se promulgó una disposición en la ciudad que regulaba, y en esa regulación casi prohibía fumar en espacios públicos y cerrados tales como restaurantes, confiterías, bancos, etc. Los drugstores de las estaciones de servicio, entraron en la misma regulación.

El punto es que, en mi caminata hacia mi casa por la vereda de enfrente y mientras voy acercándome a la estación de servicio, intuyo y luego claramente veo al salame del empleado del drugstore, que con más o menos tres grados bajo cero estaba a unos dos metros de la puerta del kiosco, fuera de él y en consecuencia, dentro de la estación de servicio… ¡fumando!

¿Qué clase de animal, se caga de frío a la medianoche y pone en riesgo su vida y la de toda una manzana para fumarse un pucho, y todo por cumplir una puta ordenanza que en esas circunstancias es absolutamente ridícula? ¡Podría haber volado en mil pedazos! 

No terminé de pensar esto que el flaco apagó el cigarrillo, tirándolo al piso y pisándolo, casi al mismo tiempo en que yo pasaba exactamente por la vereda de enfrente, y luego entró al calor del kiosco, con la satisfacción de haber cumplido la ley.

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