¿Adónde el puñal
la sonrisa, el vocablo?
¿Cuándo el huir
escapando de la mano?
Las hojas caen y nada compartimos:
la brisa, las lágrimas,
las miradas y los versos,
el sonido y el color negro
no son nuestros.
Son tuyos o míos
o a lo sumo
mutuamente ajenos.
De golpe y para siempre
y sin ningún antecedente
nada es nuestro solidariamente.
Ni la risa,
ni el parentesco,
ni de julio los atardeceres,
ni los cómplices silencios.
Ni la luz,
ni la suerte,
ni el dolor ante la muerte.
(¿No alcanzan la cruz,
los clavos,
las llagas,
la corona ensangrentada,
la madre llorando desolada?
¿Es que no son suficientes…?)
Nada más hay en este mundo
que tú y yo.
Pero sólo somos dos,
no uno único indivisible infinitamente.
Vendí mi alma,
empeñé mi sangre,
rematé mis sueños,
gasté toda mi fortuna
esperándote inútilmente.
Y desde este arrabal,
desde estos muebles inertes
y estos millones de papeles,
fui con todo mi cuerpo,
con mi ser entero,
con la alegría de verte.
Pero tus besos,
los sorprendidos,
los desesperados,
esos menudos besos,
todos los que tanto anhelo
tan flaquitos y apurados,
capaces de mover
universos enteros,
no estaban
y nunca estuvieron.
¿Acaso aquél cromático sueño
fue quien los ató a mi destierro?
¿Acaso es el eterno recuerdo
que guardo de todos ellos,
y que en cada uno de mis días
y en cada una de mis noches veo?
Las hojas caen
y ya no hay remedio.
Adiós ojos amarillos,
adiós labios bermejos,
adiós cabellos celestes y verdes.
Adiós besos pequeños,
distraídos, rebeldes.
Adiós niños.
Adiós.
Hasta siempre.
20:48
01-08-2007