Para que coloree
distinción
debe florecer
mimetismo
para que escampe
amigo
debe llover
desleal.

Para que enlacen
fidelidad
aliado
cómplice
leal
se deben desatar
innoble
apóstata
ingrato
rufián.

Para que milite
compañero
debe morar
traición
para que ilumine
afecto
deben serpentear
oscuro
distancia
abúlico
contaminación.

Entre el amanecer frágil
y el crepúsculo feroz
entre la total entrega
y la capitulación
un instante
un matiz
un sutil
tornasol.

Buenos Aires, 23/9/09,
gracias a Santis y a OL

¿Y qué…
…?
¿Y qué
si te dijera caníbal
cameo
cortisona?

¿Abandonarías manufactura
hermenéutica
lisérgico marsupial
rupestre
mono-
cotiledónea?

¿Y libación oráculo
ferroso
mística cabriola?
¿No detestabas tanto
por caso
trashumante antropomórfico
eucariota?

Sé positivamente
que mucho menos eras de querer
dátil refractable
radioisótopo
tripanosoma indomable

Tanto tiempo pensando
en esternón cuestionario
cataplasmas
fluoruro y molares
y resulta que olvidé
hipotenusas obelisco
independientes
funiculares.

Hoy simplemente
podría darte
pronta
e indefinidamente
cuneiforme becuadro
tripartito
matarife
celuloide.
Un tal vez
marihuana
Vislumbre
iridiscente.

Ay, monigotes las tardes.
Ay, los atardeceres.
Rubicundas areniscas
danzantes
cañada lúbrica
odalisca
pesebre

Desmorónanse oráculos
se amotonan ahora socarrones
ciruelos mendicantes
princesas
vocales
consonantes
consortes.

Ya no amparan tus manos
ni tus senos
ni tus labios
júbilo auspiciante
rotatorio arbolario
dátil
obsequioso
hocico
escapulario.

Tan sólo guardas
indumentaria
onomatopéyico
cuentagotas
cardioides
el condicional de cualquier verbo
ecuménico
parecidos a ecuánime
circunvalando mérito.

Solamente has dejado
en esta tierra arrasada
a su suerte librados
grisáceo
desértico
esdrújulo hermenéutico
retruécano y plásmido,
todos esforzándonos
incapaces
manifestantes
en esta plaza de amor de vocablos
en este palabreo eterno.

No me mires entonces
ni con regulares
ni con métricamente decentes
retículas encuadradas
jurisprudentes.
El silencio ácido
réplica suficiente
cantábrico
ciencia inerte
membrana fútil
pertinente.

Es tarde
ya se escapan
afortunadamente
felices
incontinentes
la esperanza
latente
florece.

Buenos Aires, 28/04/2009

Maldito López
y el puño empuñando
el puñal
verde esmeralda
rojo bermejo
el puño
la empuñadura
y el mal.

Maldito López
y los dedos groseros
engrosando el grial
gordezuelos
gruesos los dedos
todos ellos
y el puñal

Maldito López
y las tardes tardíamente tardan
entre el filo y el arenal
hoja orilla borde
las tardes tardísimas
y el puñal

Maldito López
y no sé qué da más
o qué más da
si la mesa del billar
la puta
y la sombra inquietante
el espejo rayado
el rumor desesperante
o el puñal.

Maldito López
maligno del mal
Maldita Maldad

Buenos Aires, 09/8/2005

Bendito López
y las palmas calmando
las alas
blancas, iluminadas,
de fuego blancas
santificadas las palmas
las alas
y el alma.

Bendito López
y las doradas circunstancias
en añil bañadas
herouelos
las doradas temporadas
el índigo
y el alma

Bendito López
y cuando las mañanas engañan al alba
entre la luz y la sal
caracola brisa calma
las preciosas madrugadas
y el alma

Bendito López
y ya sé qué es más,
y qué más es,
luego de la mesa,
la ninfa iluminada
y el cristal
el otro espejo que inflama
el silencio que aguarda
y el alma

Bendito López
benigno de beldad.
Bendita Bondad.

Buenos Aires, 09/8/2005

Agua, agua.
Agua clara.
Sed de verte verter agua.
Líquido amniótico,
vida luz inmortal,
agua lumbre,
agua luz.
Luciérnaga agua lúdica tornasolada.

¿Imagen volátil iluminada?
¿Húmeda de mojada?
¡Jugosa…!
Empapada hasta las nalgas,
la lengua de láudanos empalagada
y salpicada libre de alabanzas.

Kilómetros cúbicos, en miles,
de agua.
Volutas apelotonadas
de agua
burbujas embrujadas
de agua.
Inconmensurables
o diminutas,
violentas cataratas,
caídas abismales
en cascada,
gotitas infinitesimales
de un rocío que nunca acaba.

Y en ese universo
de fluidos interminables,
hacerse a la mar entre las algas.

En los arrabales
agnósticos y ásperos,
malgastar toda nuestra pura sangre,
hecha nada más de agua.

Durante las novelas de las tardes,
regalarle al ambulante
muestras gratis de cristal-lágrimas.

Las turbulentas llanuras
de aborbotonadas aguas
a caballo y en llamas,
atravesarlas.

Hasta el cuello de líquida agua,
y en las inundaciones bíblicas,
dar la cara.

A todas las llovidas llagas
clamorosas y tumefactas,
curarlas, sanarlas.

Y allí,
allí,
entre lóbregos remolinos y borrascas,
una gota lánguida.
El peso exacto de su mirada,
la cadencia única de sus labios
la melodía de sus ojos a la distancia.

Agüita…
 
 

Abril de 2004.

¿Adónde el puñal
la sonrisa, el vocablo?
¿Cuándo el huir
escapando de la mano?

Las hojas caen y nada compartimos:
la brisa, las lágrimas,
las miradas y los versos,
el sonido y el color negro
no son nuestros.
Son tuyos o míos
o a lo sumo
mutuamente ajenos.

De golpe y para siempre
y sin ningún antecedente
nada es nuestro solidariamente.

Ni la risa,
ni el parentesco,
ni de julio los atardeceres,
ni los cómplices silencios.
Ni la luz,
ni la suerte,
ni el dolor ante la muerte.

(¿No alcanzan la cruz,
los clavos,
las llagas,
la corona ensangrentada,
la madre llorando desolada?
¿Es que no son suficientes…?)

Nada más hay en este mundo
que tú y yo.
Pero sólo somos dos,
no uno único indivisible infinitamente.

Vendí mi alma,
empeñé mi sangre,
rematé mis sueños,
gasté toda mi fortuna
esperándote inútilmente.

Y desde este arrabal,
desde estos muebles inertes
y estos millones de papeles,
fui con todo mi cuerpo,
con mi ser entero,
con la alegría de verte.

Pero tus besos,
los sorprendidos,
los desesperados,
esos menudos besos,
todos los que tanto anhelo
tan flaquitos y apurados,
capaces de mover
universos enteros,
no estaban
y nunca estuvieron.

¿Acaso aquél cromático sueño
fue quien los ató a mi destierro?
¿Acaso es el eterno recuerdo
que guardo de todos ellos,
y que en cada uno de mis días
y en cada una de mis noches veo?
Las hojas caen
y ya no hay remedio.

Adiós ojos amarillos,
adiós labios bermejos,
adiós cabellos celestes y verdes.
Adiós besos pequeños,
distraídos, rebeldes.
Adiós niños.
Adiós.
Hasta siempre.

20:48
01-08-2007

Hace unas noches, pude comprobar que la estupidez humana no tiene límites. Y que muchas veces, los gags o los sketchs que muestran algunos programas de humor, pueden quedar reducidos a una simple descripción de la realidad.

Volvía de un ensayo, sobre el filo de la medianoche. Oscuridad, frío, mucho frío, y el sonido de mis pasos sobre las baldosas. Cerca de casa, a una cuadra, hay una estación de servicio, y allí, un shop, un drugstore, un negocio que vende bebidas, panchos, cigarrillos, golosinas y hasta ositos de peluche.

Unos meses atrás, quizá un año, se promulgó una disposición en la ciudad que regulaba, y en esa regulación casi prohibía fumar en espacios públicos y cerrados tales como restaurantes, confiterías, bancos, etc. Los drugstores de las estaciones de servicio, entraron en la misma regulación.

El punto es que, en mi caminata hacia mi casa por la vereda de enfrente y mientras voy acercándome a la estación de servicio, intuyo y luego claramente veo al salame del empleado del drugstore, que con más o menos tres grados bajo cero estaba a unos dos metros de la puerta del kiosco, fuera de él y en consecuencia, dentro de la estación de servicio… ¡fumando!

¿Qué clase de animal, se caga de frío a la medianoche y pone en riesgo su vida y la de toda una manzana para fumarse un pucho, y todo por cumplir una puta ordenanza que en esas circunstancias es absolutamente ridícula? ¡Podría haber volado en mil pedazos! 

No terminé de pensar esto que el flaco apagó el cigarrillo, tirándolo al piso y pisándolo, casi al mismo tiempo en que yo pasaba exactamente por la vereda de enfrente, y luego entró al calor del kiosco, con la satisfacción de haber cumplido la ley.